Natacha se encuentra con Simón en la casa de la playa, la querida casa que les dejó la abuela. Coinciden ese anochecer en el mismo lugar donde pasaron sus mejores vacaciones, pero esta vez se encuentran durante un viernes desesperado, un viernes distinto. Cada uno ha huido de la ciudad en busca de refugio, en busca de la tranquilidad que le ayude a recuperar el equilibrio. En el transcurrir de la noche vuelven al pasado, recuerdan los años difíciles del fin de la dictadura y el comienzo esperanzador de la democracia en Venezuela, los maravillosos días en París del 68 y la pasantía en San Francisco, cuando llevaban flores en la cabeza; también van narrando el presente, la Gran Venezuela del petróleo y el comienzo de la debacle. A la vez, rodeados por los inevitables recuerdos, comprenden que entre ellos hay una cuenta que saldar que nunca se atrevieron a mencionar.